Mrs. Blanquet manejaba muy bien a las muchachas como Katty. Aceptaban cualquier habitación de alquiler en sus caminos de huida. Llegaban enmudecidas por la violencia de sus familias, amantes o abusos infantiles. Mujeres jóvenes de voces susurrantes que apenas levantaban los ojos del suelo en un continuo disculparse. Katty abrió …
Al anochecer la camioneta se acercaba a la aduana, un edificio sombrío que a Dora le recordaba a las edificaciones de su pueblo. Observó entonces, que el anillo de boda estaba cubierto de sangre y se hizo un torniquete en el dedo con el pañuelo que llevaba en el bolsillo.
Eran las ocho de la noche y el pueblo estaba envuelto en una quietud de lluvia y espera que presagiaba sobresaltos. El Padre Celso, entró en el zaguán, dejó la bici a un lado y sacudió el impermeable.