Seguramente nadie va a creerme, pero es cierto. Lo entiendo, yo tampoco lo creo, pero es real. Ahí, puesto en su cintura, lo veo todas las tardes, excepto domingos y fiestas de guardar, cuando vengo a su casa a dar clase a su hija. De física, naturalmente.
Eran amiguitos desde pequeños. Jugaban juntos, primero, en la puerta de sus casas que eran vecinas en el pequeño pueblo montañés, uno típico del norte con un par de cientos de habitantes que se conocían y ayudaban cuando algo desagradable le ocurría a alguno de ellos. Y la presencia del …